La guarida del Perro
La entrada del callejón es un
pasillo largo adornado por dos paredes de adobe viejo y descascarado, y con
todo, se puede ver la fuerza de ambos edificios sosteniendo casas de dos pisos.
Se extiende media cuadra para dividirse en un pequeño cruce, de ahí se puede
mover uno a derecha o izquierda, adentrarse a la colonia o regresar sobre sus
pasos hacia la avenida. Pero debes avanzar si quieres llegar a tu destino, ahí
donde la atención y las ganas de trabajar se nota en cada fibra del lugar y de
su dueño, hablo de “La Barbería Méndez”.
La primera vez que me topé con
Alan “El Perro” Méndez fue por una de
esas extrañas casualidades donde no encontraba alguien que me cortara el cabello. La última señora fue una maestra del
machete laser con poco toque y carisma y lo que menos quería era volver a caer en sus malévolas manos. Así que
con todo y la desesperación, me dejé la greña más larga que de costumbre; y ahí
anduve, vagando como un loco salvaje, pero con mi ego intacto. Hasta
que por situaciones sociales medianamente aceptables en la escuela de mi hijo
decidí volver a arriesgarme con algún maestro de la
tijera y el peine.
No tardé mucho, pues fue como ya
dije, por casualidad que di con una Barbería recientemente abierta, mientras caminaba
por las calles de Gómez; llena de
muebles sin acomodar, cajas vacías y un
tipo alto, delgado, tatuado y con finta de pachuco. Pregunté precios y me quede
esperando turno.
Fue, por mucho, el mejor maldito
corte que había tenido hasta entonces. Y más que el corte, la atención, debo
decir que nunca había ido a una barbería, no puedo asegurar que en todas sea lo
mismo, pero por experiencia definitivamente me quedo con el Perro.
Ese mismo día me explico que sólo
estaba de paso ayudando a los compas de ese lugar, ya que su negocio estaba al
menos a diez cuadras de distancia, y con la mismísima suerte del diablo, a pocas
de mi casa. Los que no conocen el barrio, bien podrían pasar un momento de
miedo al llegar, pero con solo entrar al negocio, son atendidos con fraternidad
y amabilidad, mientras esperas puedes ver una pecera empotrada en la pared divisoria
de cuartos y dos peces nadando en ella te dan la bienvenida. Una estantería
llena de productos para toda clase de tratamientos capilares y una clásica
barra giratoria con esos colores rojo, azul y blanco tan representativos de las
barberías de la vieja escuela.
Y mi compa (ya le puedo decir
compa) Alan “El Perro” Méndez, como es conocido en el barrio, te atiende con la
mejor actitud y la mejor platica abierta de lo que sea, es un honor ir a la
Barbería a pasar tijera y de paso tener una buena charla.
Y sin más que agregar y con corte
nuevo, los dejo para que pasen una buena noche, o día, o semana, o vida.
Klatuu Barada Nikto

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